LA FORJA DE LA ESPADA
(Una aproximación al conocimiento tecnológico)
Introducción
Una de las significaciones más debatidas sobre Canción de hielo y fuego es la casi permanente referencia a la forja de armas. Las espadas, especialmente, cobran un papel místico y
protagonista en el desarrollo de la Saga con continuas alusiones a sus cualidades, a su simbología e incluso a «sus poderes». Hielo, Garra, Veneno de Corazón, Albor,... son nombres evocadores de magníficas hojas que imprimen especial carácter a sus poseedores por el simple hecho de blandirlas, y esos aceros, irremisiblemente, nos sumergen en recuerdos de leyenda que afloran espontáneamente en nuestra memoria: Hrunting (Beowulf), Durandarte (Roldán), Tizona (El Cid), Andúril (Aragorn),… y sobre todo Excalibur (Arturo). La Portadora de Luz, contiene el mismo simbolismo mitológico que la célebre Flamígera («la que corta las llamas»).
Canción de hielo y fuego no es excesivamente descriptiva en cuanto se refiere a los procesos tecnológicos y de fabricación, pero la continuada observación, la mayor parte de las veces hasta reverente, de las excelencias del acero valyrio (o valyriano) y la especial distinción que en la narración se hace a la «forja en castillo», confiere una sutil y cualitativa diferenciación sobre el origen de las diferentes armas de combate que se citan, con especial sensibilidad sobre la que es, sin duda, el instrumento perfecto para dar muerte: la espada.
Sea como fuere, lo cierto es que la armería de Canción de hielo y fuego responde al epigrama de Richard Cohen sobre el combate, consustancial con la búsqueda de la espada perfecta: “cuanto mejor es el artesano, más probable es que el propietario de la hoja sobreviva”; aunque en el caso de Ned Stark no deja de sonar a broma.
Algunos datos históricos
Según se desprende de los estudios arqueológicos de Ewant Oakeshott, la espada hizo su aparición entre el 1500 y el 1100 a.C. en la Creta minoica y la Bretaña celta, siendo los asirios los primeros en instruir a sus tropas en el manejo de esta arma. Para los griegos, sin embargo, las espadas —generalmente cortas, de doble filo y puño en cruz— eran básicamente instrumentos para hacer tajos.
En tiempos de Polibio, los soldados romanos que combatían en Hispania adoptaron rápidamente las superiores armas de hierro de sus enemigos (el gladius hispaniensis), comenzando a practicar la estocada (la misma técnica que Jon Nieve enseñaría a su hermana Arya Stark antes de que ambos abandonaran Invernalia). La conjunción de esta técnica y el empleo del escudo como medida de defensa, propiciaron la derrota de los celtas británicos (que poseían espadas toscas y romas) y, de manera consecutiva, la de los celtas de la Galia, expertos y terribles espadachines, pero poseedores de hojas más débiles que frecuentemente se doblaban durante los lances. No obstante, la derrota de Roma en Adrianópolis (378 d.C.), además del final de la supremacía militar de las legiones supuso, en cuanto a la evolución del arma, el triunfo de la espada destinada a golpear de filo frente a la de estocada. La estrategia de combate de las legiones, fácilmente identificada en el despliegue de los Inmaculados, hace relevante el episodio de la defensa de los tres mil de Qohor, especialmente cuando se rememora el desastre del ejército romano. Según Oakeshott, después de Adrianópolis, "el soldado de caballería con armadura luchando con lanza y espada sobre una buena montura se convertiría durante los siguientes 1100 años en el árbitro de la guerra".
La espada de estocada perdería su ventaja en favor de las espadas de filo —utilizadas principalmente por las tribus germánicas que darían origen a la caballería andante— y de las picas.
A pesar de la enorme diversificación de contundentes armas de combate (mazas, hachas, martillos de guerra,…), la espada sobrevivió por su eficacia y versatilidad y adquirió, con los siglos, una significación de mayor trascendencia siendo considerada símbolo de poder y majestad, reflejo de la valía de su portador (Carlomagno, por ejemplo, jamás iba sin su espada —la Joyeuse—). Además de por su precio —en tiempos del sacro emperador, una espada con vaina era más cara que una buena montura—, el uso de la espada, situada en el centro del código medieval del honor, se convirtió en el distintivo de la auténtica nobleza, y las espadas de los caballeros, que podían sobrepasar el kilogramo y medio de peso, precisaban tanto de fuerza como de destreza para poder ser blandidas. El empeño de Tywin Lannister por poseer una espada de acero valyrio parece ahora más comprensible.
La fortaleza que en la lucha proporcionaba la armadura propició, con el tiempo, el desarrollo tecnológico-defensivo necesario ante el uso de la espada como herramienta de aplastamiento, pero también determinó la evolución del arma para atravesar las partes vulnerables del adversario (el juicio por combate celebrado en el Nido de Águilas entre Bronn y Ser Vardis Egen, ilustra con elocuencia este comentario). La tecnología bélica respondió en el siglo XVI, finalmente, con la aparición de la espada ropera española, una espada de hoja larga, estrecha y con doble filo, adecuada para atravesar las partes más débiles del contrincante y origen de la esgrima moderna...; pero ésta es otra historia.
Paralelamente, el mundo oriental mostraba su preferencia por la curvatura del acero. Las clásicas espadas de los samuráis comenzaron a fabricarse hacia el 800 d.C., aunque las espadas japonesas más antiguas que se conocen se remontan al siglo II a.C.; pero sin embargo, durante un largo periodo, las armas más buscadas procedían de Damasco. La cimitarra persa, aparte de su intrínseca belleza, describe con exactitud el modelo con el que los guerreros se comportaban en el campo de batalla. A finales del siglo XIX, un diario británico lo refiere de esta manera: “… el guerrero oriental típico siempre es un jinete, y a lomos de un caballo resulta más fácil golpear de filo que lanzar una estocada... es la espada de una nación de carniceros, adecuada para degollar...” (Sheffield Daily Telegraph). No cabe duda de que con este artículo, el periódico inglés podría estar describiendo a uno de los dothrakis de Khal Drogo.
Esta manera de luchar, y este tipo de arma curva con su cortante filo en forma de arco, determinó —entre el siglo XVI y el XVIII— la aparición de un nuevo, pesado y poderoso instrumento de matar: el sable de caballería.
Sin que la forma le hiciera perder su naturaleza como símbolo de poder, Napoleón Bonaparte, como primer cónsul, portaba habitualmente una cimitarra mameluca procedente de Egipto. Cohollo le regaló a Daenerys de la Tormenta el gran arakh.
Consideraciones etimológicas
La palabra en inglés para espada es sword, que deriva del anglo-sajón sweord, que a su vez procede de una raíz indoeuropea relacionada con la forma verbal herir/causar daño. Por el contrario, el término español, aunque etimológicamente procede del latín spatha (la espada larga de la caballería romana), está directamente asociado con la voz inglesa para denominar a las picas: spades. Todos los amantes de la obra de Tolkien recordarán el error de traducción a que condujo este asunto lingüístico en la identificación del tipo de arma que portaba el rey elfo Gil-galad, en el Índice de nombres de la edición de El Silmarillion en castellano.
La explicación parece proceder de un descubrimiento chino: los naipes. Antes de que se inventara la imprenta, los italianos produjeron mazos de cartas que dividían en cuatro palos: espadas, bastos, copas y monedas; los alemanes, que fueron los primeros en producir en serie los naipes de juego, cambiaron los palos italianos sustituyéndolos por hojas, bellotas, campanas y corazones; finalmente los franceses, como reflejo de la estructura de la sociedad medieval, introdujeron picas (spades/espadas, en el palo español) para la aristocracia guerrera, corazones (copas o cálices) para la Iglesia, diamantes (monedas o tesoros) para los mercaderes y tréboles (bastos) para los campesinos.
Este baile de nombres es curioso en la historia de la etimología de las denominaciones del arma ya que, más adelante, en España acabaría popularizándose el empleo del término estoque (del francés estoc, que significa espada corta) para referirse a la espada ropera, mientras que los franceses llamaron al arma española rapière y los ingleses la denominaron rapier.
Desde el principio
¡Todo comenzó con la forja de los Grandes Anillos!…; bueno, en realidad ese es otro cuento. Divertimentos a un lado, lo cierto es que las primeras espadas estaban hechas de madera; pero después vino el cobre.
Los indicios apuntan a que el cobre comenzó a forjarse hacia el 5000 a.C. El cobre puro es un metal blando al que no se le puede dotar de un filo eficaz..., pero si se le añade en la proporción adecuada (un 5 por ciento aproximadamente) un metal aun más blando como el estaño, se obtiene una aleación tres veces más resistente: el bronce, que apareció en Oriente Medio en torno al 3800 a.C., y que se convirtió en el material para todos los usos por excelencia. Hacia el año 2500 a.C., el hierro ya se utilizaba. Como ya se ha dicho, las primitivas espadas eran de cobre, o de bronce, y más tarde de hierro; pero en cualquier caso se trataba de armas de muy baja calidad, ya que ninguna de ellas conservaba el filo mucho tiempo. Además, el hierro blando, aunque resulta difícil de romper, se deformaba con facilidad… La aplicación al hierro del carbono —el hierro forjado y el acero— y el desarrollo de las técnicas de fundición, supusieron el avance tecnológico decisivo para que las hojas adquiriesen cierto grado de resistencia. Según James E. Gordon “con todos los metales surgen dos problemas: la metalurgia de extracción, la separación del metal de su mena; y la metalurgia física, que es cómo conseguir que el metal adquiera sus condiciones más útiles de dureza, fuerza y resistencia”, y esto ultimo se logra mediante “el imperioso instrumento del fuego”.
La fundición y la forja
Fundición es la acción y efecto de fundir o fundirse. La temperatura a la que funde el bronce oscila entre los 900 y los 1000 grados centígrados, algo que está al alcance de un sencillo horno de madera. Sin embargo, el hierro puro funde a 1535 ºC y eso pudo suponer un desafío tecnológico durante siglos. La incorporación de la combustión del carbono en el proceso resolvió definitivamente el problema, ya que con añadir algo más del 4 por ciento de carbón (en volumen) al metal en el horno, se logra rebajar en cerca de 400 ºC el punto de fusión del hierro, justo lo que se necesita para hacer hierro forjado. El hierro fundido o colado, es el producto obtenido en molde por la fusión de la materia prima.
El hierro colado es duro, pero quebradizo pues contiene demasiado carbono. Martillar el hierro a continuación produce un doble efecto: por un lado se eliminan las impurezas —escoria— y por otro se reduce el contenido del carbono en el metal, impidiendo que el hierro se vuelva demasiado blando. A este proceso se le conoce como forja, y consiste en dar forma con el martillo a cualquier metal.
Con el acero ocurre exactamente igual. El volumen real de carbono que se necesita para hacer acero es del 20 por ciento (más o menos el 1 por ciento del peso), pero la resistencia de la aleación obtenida es mucho mayor que la del hierro forjado:
“Los primeros espaderos soldaban laboriosamente a golpe de martillo finas tiras de acero y hierro de durezas opuestas para formar el alma de la hoja, y luego añadían, por separado, filos de acero muy duro. Las tiras del alma se trenzaban o retorcían como cuerda, de forma que, una vez pulida, la hoja resultante lucía unas ondas de claro oscuro que semejaban piel de serpiente moteada, y de las que poéticamente se imaginaba que eran dragones o serpientes que luchaban o se retorcían. Para lograr ese efecto, era esencial que la temperatura del acero bajo el martillo se controlara con suma cautela, y lo mejor era acometer la tarea de seguir de cerca el paso del metal rojo oscuro al blanco candente por la noche. Semejante experiencia en las horas de oscuridad contribuyó a aumentar el respeto supersticioso que inspiraban los forjadores de espadas, que creaban instrumentos hechos para quitar la vida y que elevaron su oficio a la categoría de magia.” (Richard Cohen).
El acero templado
El hierro calentado en la fragua y batido hasta convertirse en chapa, desarrolla un revestimiento de óxido particular. El herrero dobla entonces el metal en dos, atrapando el óxido entre las capas de metal caliente, repitiendo este proceso una docena de veces. Esto es lo que hace, en las hojas de calidad superior, que se aprecie un delicado dibujo de ondas al quebrarse. No obstante, la aleación sólo soporta un máximo de quince manipulaciones semejantes…
En Astapor, Daenerys Targaryen conversa con Kraznys mo Nabloz a propósito de los Inmaculados y en el diálogo se alude a este proceso:
“—… Dile que son como el acero valyrio, plegados una y otra vez, martilleados…, hasta que son fuertes y resistentes como ningún otro metal de la tierra.
—Sé qué es el acero valyrio —dijo Dany—.” (TdE 1, Pág. 330).
El enfriado mediante inmersión es la parte más delicada del desarrollo. El acero se endurece a medida que se ve privado de carbono y el metal pierde calor con velocidad… El herrero, no obstante, tiene que completar el proceso sumergiendo rápidamente la hoja en un líquido, pero teniendo cuidado de que no se enfríe con excesiva rapidez ya que aparecerían grietas, especialmente si se usa agua en vez de aceite. A este procedimiento en metalurgia se le denomina templado.
Pero aún queda un paso más… La hoja templada se ha endurecido mucho, y por tanto se ha vuelto quebradiza. Para compensar el efecto, es de nuevo recalentada —el revenido—, esta vez a una temperatura inferior a la del temple, para que al enfriarse se vuelva más blanda. De esta forma, la inmersión endurece y el revenido reblandece, en búsqueda del equilibrio ideal. La realización de una espada de acero es sin lugar a dudas un auténtico arte.
Con una muy atinada intención de simplificar la comprensión de todo el proceso, Richard Cohen ha elaborado la siguiente relación:
- Hierro colado: duro pero quebradizo, con demasiado carbono.
- Hoja de acero calentada y enfriada lentamente: se ha eliminado todo el carbono y el metal resulta entonces demasiado blando.
- Hoja de acero recalentada: vuelve a añadírsele algo de carbono.
- Hoja de acero templada en líquido: se endurece, volviéndose por tanto demasiado quebradiza.
- Hoja de acero, ahora revenida, recalentada a 220-450 grados: al enfriarse se vuelve más blanda.
Algunos mitos aseguran que es mejor templar la hoja de la espada en orina debido a sus componentes —urea y amoniaco, principalmente—. Éste es cierto ya que el nitrógeno a temperaturas elevadas contribuye a dotarla de mayor dureza. Otros, mucho más dudosos e improbables, hablan de la costumbre de templar las espadas en los cuerpos de los esclavos. El héroe legendario de Canción de hielo y fuego, Azor Ahai, templó su espada en el corazón de su esposa, Nissa Nissa, para acabar con una espantosa oscuridad…
La espada de Damasco
Las espadas producidas en Damasco llegaron a ser las más apreciadas y sus filos los más duraderos. Forjadas de un metal resistente y ligero que al pulido mostraba unas vetas como las de los nudos de la madera, fueron conseguidas mediante una especial tecnología que les otorgó extraordinaria reputación. Durante siglos, los espaderos sirios se abastecieron de lingotes de hierro procedentes de la India, denominados "wootz". Éste metal, al parecer, era muy rico en carbono y además contenía atisbos de silicio y de azufre, lo que mejoraba su flexibilidad y dureza. Los herreros martilleaban y calentaban el material produciendo las típicas y tan apreciadas «aguas».
Recientes descubrimientos arqueológicos, han demostrado que hacia el año 1000 d.C. los maestros artesanos disponían de hornos ventilados por debajo, con crisoles de gruesas paredes en los que se fundía el acero a temperaturas que alcanzaban los 2500 grados centígrados, algo fuera del alcance de otros de fabricantes de acero. El análisis de los restos de metal encontrado reveló una combinación de distintas aleaciones de hierro, bajas y altas en carbono, dando como resultando un acero de tremenda resistencia. Además, el profesor John Verhoeven, de la Iowa State University, descubrió que el efecto granulado del acero de Damasco, era debido a la presencia en el proceso de racimos de carburo de hierro. Estos son inducidos por ciclos repetidos de calentamiento y enfriamiento de manera que, cuando el metal caliente se enfría las partículas de carburo férrico se congregan y se expanden entorno a las impurezas que se separan en cada ciclo. El número de ciclos de calentamiento/enfriamiento requeridos para completar el proceso es de aproximadamente seis. Fácil cuando se conoce, y un misterio tecnológico a lo largo del tiempo.
En el mundo de las espadas de Canción de hielo y fuego, semejante encadenamiento pudiera ser, por analogía, el origen de la especificidad en la apariencia del acero valyrio:
“Jon giró la hoja, vio las ondulaciones en el acero oscuro, allí donde el metal había sido plegado sobre sí mismo una y otra vez.” (JdT, Pág. 629).
Las altas temperaturas de fundición estarían íntimamente relacionadas con el comentario de la reina Daenerys de la Tormenta:
“—Ser Jorah Mormont —dijo—, el primero y el mejor de mis guerreros. Para vos no tengo regalo, pero os juro que, algún día, os entregaré una espada como el mundo no ha visto, forjada por dragones con acero valyriano.” (JdT, Pág. 767).
Y la fiabilidad de la dureza y resistencia del filo, en esta aseveración, a propósito de Hielo:
“Nada tenía un filo comparable al acero valyriano.” (JdT, Pág. 24).
Uno de los misterios de la metalurgia fue la desaparición casi fulminante de la fábrica de espadas en Damasco (hacia el siglo XV). El problema no tuvo que ver con los artesanos, ya que muchos de ellos se distribuyeron por la península arábiga e incluso llegaron hasta Toledo, donde sus conocimientos ayudaron a mejorar la fabricación del acero. Antes bien, parece que la causa de la desaparición de la fábrica damascena tuvo su origen en algo tan mercantil como la escasez y la configuración de la materia prima. Cambios en el comercio de la época modificaron el contenido de los lingotes hasta que dejaron de ofrecer la correcta combinación de impurezas. El resultado fue la caída en picado de la producción y la práctica desaparición de la legendaria espada de Damasco, victima de las fluctuaciones del mercado internacional.
Marca de autor
Tras el ocaso de Damasco, le llegó el turno a Toledo. Durante siglos, las mejores y más bellas espadas del mundo se fabricaron en la ciudad imperial, y sus artesanos lograron superar la manufactura de Damasco al desarrollar lo que ellos llamaban el «alma de hierro», una capa de acero que cubría la veta de hierro intrusita y que dotaba a la hoja de mayor elasticidad, eliminando los efectos irisados del «dibujo damasceno». Todas las espadas hechas en Toledo se marcaban con la seña de identidad de cada taller… A finales del siglo XV la marca característica —una zorra— de Julián del Rey, llamado el Moro, alcanzaría tal reputación que «hoja zorra» llegó a ser sinónimo de una espada de buena calidad.
Pero Toledo tuvo una seria competencia con la producción de Solingen, una pequeña población alemana en Renania, cerca de Colonia, de forma que hasta el rey Felipe II de España hacía ostentación de poseer una espada fabricada allí. Al margen de su indudable calidad, lo que caracterizó durante siglos a los aceros de Solingen fue su marca: un lobo corriendo. ¡Menuda casualidad, el emblema de Invernalia!;… tal vez una marca parecida, además del brillo azul oscuro de su acero, hiciera de Aguja una espada tan especial:
“—Una espada como las de los criminales —dijo— [Eddard Stark]. Pero me parece reconocer la marca del forjador. Es obra de Mikken.” (JdT, Pág. 218).
En oriente, la fabricación de espadas se encontraba en el mismo núcleo de la cultura japonesa. La forja de espadas en Japón, por más elevado que fuera el orgullo y calidad de Toledo y Solingen, contenía un componente diferenciador: la espiritualidad. El proceso metalúrgico en sí mismo, no distaba en esencia del de cualquier otro lugar, pero esa impronta cultural y religiosa hacía que en su elaboración se pusiera especial cuidado: las hojas japonesas o katanas son de un filo extremadamente fuerte y duro, templadas de una forma particular y única en el mundo mediante un proceso de «enfriamiento diferencial». Los espaderos decoraban sus forjas con símbolos religiosos y se vestían con trajes ceremoniales; pero también dejarían en el acero sus improntas, como el gran forjador Masamune y su discípulo Getsu, ambos del periodo Kamakura (1185-1333 d.C.). En el shintoismo, la espada cobra un papel fundamental en los ritos de purificación y exorcismo. Un ejemplo reciente del inmenso simbolismo y tradición que para Japón representa la fabricación de espadas, lo podemos encontrar, en la ficción cinematográfica, en el monólogo ritual de Hattori Hanzo (Capítulo IV “El hombre de Okinawa”, KILL BILL- Volume 1):
—[…] He creado “una herramienta de muerte”. Y lo he hecho con éxito… [...] Puedo decir sin presunción que ésta es mi mejor espada. Si en tu viaje los dioses se interponen en tu camino, éste acero los atravesará.
Guerrero de pelo amarillo, vete.
El espadero de Tarantino, antes, nos había mostrado su marca: un león.

Una curiosidad para el final
El dominio sobre el fuego y la capacidad de utilizarlo para hacer instrumentos, extendió por todas las culturas el mito artesano. En la mitología griega, el único tecnólogo con rango mayor es Hefesto, el herrero, dios de la forja que fabricaba las armas de la guerra. Durante la Edad Media, se creía que los espaderos usaban el llamado electrum magicum, un compuesto mágico de oro, plata, cobre y plomo, capaz de conferir fuerza sobrenatural a las espadas bajo la influencia de las estrellas. J.R.R. Tolkien rescata y amplía el mito, y al principio del siglo XX (1918-1920) escribe en el manuscrito de Los Cuentos Perdidos lo siguiente:
«He aquí que Aulë, reunió seis metales: cobre, plata, estaño, plomo, hierro y oro, y tomando una porción de cada uno, hizo con su magia un séptimo que llamó por ello tilkal,* y éste tenía todas las virtudes de los seis y muchas propias, […]; y nada podía romperlo, y sólo Aüle era capaz de moldearlo.»
*En el manuscrito figura el siguiente comentario a pie de página: «T(ambë) I(lsa) L(atúken) K(anu) A(nga) L(aurë)…»
En el universo de Canción de hielo y fuego, de George R.R. Martin, la sabiduría y el conocimiento residen en Antigua…, en la Ciudadela. Los maestres lucen en sus cuellos el adorno que les identifica, y en los diferentes metales con los que están forjados los eslabones que integran sus cadenas, parecen alojarse los mismos efectos mágicos y mitológicos. Los collares de los maestres, evidentemente, no son espadas, pero su simbolismo parece claro… No obstante, la magia también se encuentra en la tecnología de fabricación de las espadas. En éste aspecto, la presentación de la espada del Señor de Invernalia es particularmente sobrecogedora:
“Lord Stark desmontó y Theon Greyjoy, su pupilo, le llevó la espada. Se llamaba Hielo. Era tan ancha como la mano de un hombre y en posición vertical era incluso más alta que Robb. La hoja era de acero valyriano, forjada con encantamientos y negra como el humo […]” (JdT, Pág. 24)
“[...] La habían forjado en Valyria, antes de que la Condenación cayera sobre el antiguo Feudo Franco, donde los herreros trabajaban el metal tanto con hechizos como con martillos.” (JdT, Pág. 33).
Bibliografía:
Juego de tronos, Canción de hielo y fuego/1; Editorial Gigamesh, 2002.
Choque de reyes, Canción de hielo y fuego/2; Editorial Gigamesh, 2003.
Tormenta de espadas, Canción de hielo y fuego/3; Editorial Gigamesh, 2005.
El Silmarillion, J.R.R. Tolkien; Ediciones Minotauro, 1984.
El libro de los Cuentos Perdidos/1, J.R.R. Tolkien; Ediciones Minotauro, 1990.
Blandir la espada, Richard Cohen; Ediciones Destino, 2003.
The Archaeology of Weapons, Ewant Oakeshott; Barnes & Noble, 1994.
La nueva ciencia de los materiales, James E. Gordon; Celeste Ediciones, 2002.






