GEORGE R.R. MARTIN
Ayer estuve en Santander. La tarde era hermosa…, brillaba el sol y la bruma se extendía sobre la bahía. Sentado en un banco azul frente a La Magdalena, viví uno de esos momentos mágicos que te reconcilian con la vida y que te hacen saborear todas aquellas cosas que se encuentran más allá de tu muro interior; ayudaba sobremanera una suave y refrescante brisa. Pero todo tiene su historia.
Ésta comenzó hace aproximadamente un año. Entonces yo no sabía con certeza quién era George R.R. Martin. Desde hacía tiempo, unos buenos amigos me hablaban con cierta frecuencia sobre «Canción», pero puedo asegurar que apenas me interesaba… Mi encuentro con Juego de tronos fue fruto de la tenacidad de uno de ellos y de los días de agosto que
pasamos juntos en Barcelona el año pasado; aunque esa es otra historia.
El caso fue que el libro en cuestión —Juego de tronos— me hechizó, y tampoco sabría muy bien explicar el por qué. Empecé a sentir cierta curiosidad por el autor, pero en todas las reseñas biográficas que leía no encontraba nada interesante; salvo que interesante sea haber nacido en Bayonne (Nueva Jersey). Después devoré Choque de reyes y El caballero errante con idéntica fascinación.
No sé si fue una crítica o una conversación sobre Martin, pero un deseo inexplicable me condujo a adquirir Muerte de la luz. Hacía años que casi había abjurado de la
ciencia-ficción como género pues, como ya profetizó C.S. Lewis, con su popularidad había alcanzado el ocaso. Sin embargo Muerte de la luz ha sido para mí el reencuentro con la Númenor que fue, la belleza del crepúsculo como metáfora del amor inalcanzable...; y también fuente de mayor curiosidad. Tengo que decir que a esas alturas ya había descubierto que George R.R. Martin era un tipo gordito, siempre cubierto con una —para mí—detestable gorrita de marinero, entrado en años y aficionado a vestir camisetas inspiradas en su propia Saga.
Cuando salió a la venta Tormenta de espadas me compré el número 40 de la Revista Gigamesh, monográfico dedicado a Martin. Naturalmente, durante casi dos semanas, toda mi
atención estuvo volcada en la lectura de la novela, y tras su lectura, al menos una semana más, en la digestión de los sucesos que en ella se narran. Algunos todavía resuenan en mi cerebro como campanas. Tormenta de espadas, lo digo ahora, es brutal y su impacto duradero. Aun así, días después conseguí abrir las páginas de la Revista. En el tren, camino del trabajo, leí de cabo a rabo la Entrevista a George R.R. Martín, de Luis G. Prado, y comencé a alucinar. Resulta que las contestaciones del entrevistado estaban cargadas de inteligencia y de sensibilidad (desde mi punto de vista, nada apropiadas entre quienes suelen utilizar esas horribles gorritas de marinero), y que ante mis ojos se descubría, tal y como hasta entonces había intuido, una personalidad interesante.
El hallazgo de la inspiración de Muerte de la luz no hizo más que procurar aun más mi personal empatía.
La Revista viajó conmigo el fin de semana. La abrí en el banco azul, frente al mar, y me dispuse a leer el discurso titulado El corazón de un niño pequeño. Antes de continuar es preciso aclarar que no es necesario desplazarse hasta Santander para leer el texto; pero las casualidades de la vida hicieron que yo lo leyera allí, y creo que no lo podré olvidar. El asunto es que nunca antes había leído un discurso como ese y que todavía me sorprendo recordando las vivencias que en él se narran. Son veintidós páginas a corazón abierto en las que, además de unas cuantas soberbias puntualizaciones, descubres una infancia normal; tan normal como la de cualquiera de nosotros y con personajes tan normales como los que nos rodean. También descubres mucho más... Martin, creo que con calculada modestia, se dedica a hablar de aquello de lo que dice ser la máxima autoridad: de sí mismo; pero en su relato averiguas, por ejemplo, los orígenes de la Reina de Espinas, tomas conciencia de que el gato cazado por Arya Stark en la Fortaleza Roja en realidad vivía en la calle Treinta y uno esquina con Brodway y también que el Aguasnegras discurre entre Nueva Jersey y Manhattan. Sobre la propia identidad del escritor, tras una larga lista de apariciones identitarias (entre las que no faltan, por supuesto, Targaryen y Stark), se descubre finalmente su verdadero corolario:
“¿Y Tyrion Lannister? Oh, si. El Gnomo soy yo de pies a cabeza, el sucio cachondo.” (George R.R. Martin).
Después de leer todo el discurso, me quedé mirando de nuevo al mar. Se celebraba una regata y los veleros, navegando a sotavento con los spinnakers desplegados, me hicieron recorrer con el pensamiento todo éste trayecto. Supe en ese instante que la historia de la Madre de Dragones estaba alimentada de la misma sustancia que ya despertara en mi imaginación tanta emoción hace casi treinta años, “el humus de la mente” del que hablara J.R.R. Tolkien; y supe que George R.R. Martin me caía bien.
Delante de ese índigo intenso y luminoso que compone el océano de los cántabros advertí que Martin es como yo, que es como todos... También pensé que debería contarlo.






